viernes, 23 de septiembre de 2011

India, La Indomable

Es difícil hablar de la India, es difícil expresar en unas pocas palabras todo lo que es y todo lo que no es ese país. Un país que rompe cualquier tipo de esquemas, que va contra la corriente y que es tan diferente a todo y su vez tan diferente dentro de sí mismo. Sólo basta moverse unos cuantos quilómetros para oir un nuevo idioma o para comenzar a ver contrastes, paisajes, gente, religiones.
Mi primer ciudad de la India fue Calcuta, la ciudad donde vivió y murió la Madre Teresa, persona que dedicó su vida a ayudar a los más necesitados, y la verdad es que para cualquiera que quiera dedicar su vida a eso, Calcuta, es el lugar indicado.
Caminar por sus calles es una odisea, es como nadar en un mar picado, como una tormenta que pasa por encima de todo y que está ahi constante y no para, no hay momento de paz, de descanso, de sentarse en un parque y mirar el cielo; siemplemente no se puede. Si la bien la India en su conjunto es un país que sufre de una pobreza extrema y que además, te transporta a tiempos pasados, mi primer ciudad es sin duda una de las más afectadas en cuanto a todo. Con una población de casi 20 millones de personas, las veredas y todo lo que sea espacio físico está completamente atestado de cualquier tipo de personas, vehículos, animales y negocios. Se ven vacas, cabras, gente con enormes bolsas, cántaros y cajas sobre sus cabezas, comercios ambulantes de absolutamente todo, cocinas callejeras, taxi-carros tirados por hombres, biciletas, motos, taxis del año 60, todos son iguales.
Cuando andar por la vereda se hace lento por la cantidad de gente y de negocios de ambos lados, la segunda opción es la corriente de gente que también camina por la calle, esquivando las miles de motos y colectivos de humo negro que pasan a centímetros y no paran de tocar la bocina ni un segundo. Por momentos, la corriente callejera también se hace intransitable y peligrosa, ahi es cuando hay que volver a la vereda y entre tantas cosas colgadas, gente, y comercios, uno siente que camina por un túnel donde sucede un especie de efecto invernadero que aumenta el ya por demás clima caluroso que se respira mezclado al smog fuertísimo.
Las veredas también son hogar de miles de almas que parecen no encontrar su lugar en el mundo, que palpitan la vida terrenal con la mirada perdida en ningún lado y los huesos parecen sobresalir por la extrema hambruna. Son almas a las que dios, el destino o vaya saber quién, decidió no ayudar, almas que carecen de energía inclusive para pedir limozna y que están en lo que yo llamo el purgatorio urbano. Almas que cuando miran, penetran con sus ojos negros brillosos y las cabezas escondidas en túnicas embarradas por la tierra y la lluvia del monsón. Quisiera que todos los que vsitian la India puedan hablar de estas almas, puedan hacer llegar la voz a todos los rincones y que todo sea el primer paso para una mano divina sobre esta ciudad que ya ni pide ayuda.
La segunda ciudad que visité en la India fue Varanasi, unos 700 km al norte de Calcuta y construída hace miles y miles de años a la vera del río Ganges.
Una vez más, la máquina del tiempo se enciende y Varanasi se convierte en un perfecto ejemplo de lo que yo creo era el mundo en la época del renacimiento o al menos hace 300 o 400 años. Un mundo de calles laberínticas de no más de un metro y medio de ancho y casas bajas pegadas una a la otra, con paredes despintadas y aberturas de madera pequeñísimas. Un laberinto plagado de vacas, de cabras y de perros; plagado de pequeños comercios que cuelgan su mercadería y cuyo vendedor espera dentrás de un marco angosto, sentado sobre un colchón y gritando sus buenas ofertas. Una ciudad donde la leche que no se ordeña en el momento, se compra en cántaros día a día en un mercado callejero o a un hombre que pasa con su bicicleta.
Varanasi es una ciudad famosa en la India y en el mundo, una ciudad de peregrinaje, una ciudad sagrada a la que muchísima gente asiste tras largos viajes para visitar sus templos y bañarse por minutos en las sagradas aguas del Ganges. Caminan uno tras de otro en larguísimas colas de gente con túnicas blancas o naranjas y frentes pintadas en el templo, descalzos por ser suelo sagrado, y algunos también rapados. Llegan hasta los escalones del río y se adentran de a poco, lavando cada centímetro de su cuerpo en sus aguas marrones bañadas por el sol de la mañana, la tarde o la noche. Constantemente los peregrinos caminan por toda la ciudad en busca de la rivera y la purificación.
En un punto junto al río, una montaña de troncos indica que ahi sucede lo que se conoce como la cremación de cuerpos al aire libre. Las 24 hs del día y los 365 días del año, una terraza de unos 6 x 10 mts, es testigo de como familias llevan a sus difuntos a ser cremados en este lugar sagrado y cómo luego de algunas horas de llamas ardientes, sus restos son aventados a las aguas del Ganges, que una vez más, es el gran protagonista.
Varanasi es una ciudad sagrada, pero la realidad es que no escapa a la pobreza, no escapa a las almas nuevamente a merced de los elementos y los seres humanos desperdigados por sus rincones a la espera de la mano que un gobierno ausente o impotente parece no dar.
La tercer ciudad fue Agra, hogar de una de esas maravillas que son simplemente inexplicables, que parecen haber sido construídas más por una mano divina. Hablo del Taj Majal, ese monumento al amor que fue contruído en el siglo XVII a orden del emperador debido a la muerte de su esposa luego de dar a luz a la hija número 14. El Taj Majal, no es sólo ese espectacular palacio blanco mármol perfecto, es en realidad un conjunto de edificios cuyo centro es precisamente el hermoso palacio. El mismo está hecho en su totalidad de mármol y cuando digo en su totalidad, realmente me refiero a en su totalidad, es gigante, elevado entre cuatro torres como la frutilla de una torta que empalaga a cualquier amante del arte, la arquitectura y la historia. A ambos lados, con ladrillo a la vista y adornadas con tres cúpulas blancas, se encuentran dos mezquitas hechas al estilo arabe-persa y que miran a la frutilla blanca como alabándola o estupefactas por su belleza. Todo el complejo está rodeado por hermosos jardines y por ser sagrado, o bien hay que quitarse los zapatos, o usar unas especie de bolsas que se ajustan alrededor de los mismos.
Agra está unos 600 km al oeste de Varanasi y si bien la máquina del tiempo sigue encendida, ya se empieza a ver más contraste, ya no se trata sólo de extrema pobreza, ya conviven distintos poderes adquisitvos y el entramado de las calles tiene una forma más regular quede a ratos lo trae a uno de vuelta al mundo del siglo XXI.
La cuarta ciudad fue Jaipur, ubicada aún más al oeste, a unos 300 km de Agra, es la capital del estado de Rajastán. Es un lugar cuyo centro se llama la ciudad rosa o vieja; y puedo asegurar que hace honor a esos nombres. Se entra por una enorme puerta tipo persa de color rosa, y una vez adentro, todo lo que está construído es también de este color. Las calles ya se entre cruzan como en una típica ciudad y si bien los animales y los comercios siguen presentes, todo parece tener un orden un tanto más occidental, o al menos, con más lógica de la que estamos acosutmbrados. Además de la ciudad rosa que sin duda llama la atención de todos los sentidos, la ciudad posee varios fuertes y palacios que se elevan entre las montañas y los lagos que rodean el centro.
El anteúltimo punto del itinerario indiano, fue Jaisalmer, una ciudad en el desierto del Thar, a unos 140 km de la frontera con Pakistán. Su centro es un fuerte de cientos de años de antiguedad cuyo color veige se mimetiza con el paisaje del desierto y cuyas terrazas permiten deleitarse cada tarde con un atardecer en el que el sol baja poco a poco como una enorme bola primero fuccia y luego roja, tiñendo el cielo al rededor de todo tipo de colores.
Desde Jaisalmer, fui en una excursión de una noche y dos días al desierto virgen, el medio de transporte, camello. El camino bajo el sol abrazador nos llevó a una zona de dunas en donde la arena era ama y señora del paisaje y los surcos del agua himnotizan a cualquiera que los mire. Fueron dos días de cocinar a leña en las manos de nuestro guía Alí, un comenzal de una villa cercana vestido con la ropa típica musulmana.
Al llegar la tarde, parecía imposible pero sí, el desierto se cubrió de nubes negras y la lluvia se hizo presente.
Mojarse no preocupaba, lo que sí preocupaba era que si seguía nublado, por la noche no se verían estrellas ni luna.
A eso de las 6.30 una vez más la gigante bola roja se hizo lugar entre la tormenta, y el lento atardecer del desierto me transportó a un cuadro de esos del siglo XVIII, donde los motivos mitólogicos son decorados con cielos de todos colores y formas.
Luego de comer a eso de las 8.00, las nubes se hicieron a un lado y la via láctea infinita cruzó el firmamento de un lado a otro; eran miles y miles de estrellas de todos los tamaños, y por supuesto, bastaba con mirar a un punto fijo por unos segundos, para divisar una fugaz que aparecía y desaparecía en un santiamén.

Luego de unas 18 hs de tren, el 20 de septiembre finalmente llegué a Vieja Delhi, desde donde tomé el moderno metro para llegar al hostel ubicado en Nueva Delhi. La última hora del camino desde Jaisalmer, la vía se vio rodeada por miles y miles de precarias casitas y pueblos, con gente lavando la ropa, haciendo sus quehaceres domésticos; animales de todo tipo; y montañas de basura infinitas.
En Delhi si que conviven los fuertes contrastes de todo; el contraste entre vieja y nueva Delhi, entre la limpieza y la suciedad, entre el moderno metro y los primitivos colectivos, entre los ricos y los pobres, entre las calles laberinticas y las anchas avenidas, entre los autos y las biciletas o los bici-taxis. 
En fin, India es un país de contrastes, donde todo puede ser posible, donde nada es por sentado y donde los días de la vida no alcanzan para descubrirla en su totalidad. La verdad es que asusta un poco, pero al final, uno agradece el momento que pisó suelo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Odisea y Relax en el sur de Tailandia


Llegué a Railay Beach el 29 de agosto. Para llegar ahi, tuve que tomar un micro desde Bangkok hasta Krabi que tardó largas doce horas; luego una combi desde Krabi hasta Hao Nang, donde finalmente di con el mar verde turqueza que tenía en la cabeza.
Mientras esperábamos que lleguen algunas personas más para abordar el bote que nos llevaría hasta la península de Railay, el cielo se vino abajo en una tormenta cuasi-tropical que duró no menos de 40 minutos. El viento parecía dispuesto a arrazar con el techo del restaurant y nada era suficiente para detener a las atravidas gotas de lluvia que llegaban desde todas las direcciones. Era imposible no mojarse o al menos impedir que se moje la mochila; el agua simplemente abarcaba todo.
Cuando finalmente paró de llover, le ofrecimos al botero pagar un poco extra cada uno y de una vez partir a nuestro destino. Asique así no más, me encontraba navegando las tibias aguas del sur de Tailandia y acompañado de una pequeña llovizna que no paraba de caer.
Una vez en Railay Beach, conseguí dividir el precio del alojamiento y pude conseguir un bungalow para dos personas en el que habité sólo a un muy buen precio.
Lo primero que hice después de dejar las cosas fue meterme al mar y por supuesto ir a averiguar los lugares de escalada; según decía, ese era el lugar de los escaladores. Me encontré como dije antes, con un aguade unos 25 o 30 grados de temperatura, completamente verde, y unos alrededores de palmeras y morros intercalados con vegetación y roca blanca y negra por la humedad.
Explorando la península, la marea baja me permitió llegar a una bahía conjunta, TON SAI, sólo me tomó unos pasos encontrar los primeros acantilados para practicar unos pasos de escalada y ponerme a charlar con algunos más que también estaban probando la piedra. Me comentaron que en esa bahía era donde se quedaban los escaladores, que el alojamiento era más barato (150 BAT la noche); que la comida era más barata; y que esos primeros acantilados eran sólo una pisca del centenar de vías de escalada disponibles.
Asique luego de la segunda noche y con la ida de las personas con las que compartí el precio en Railay, emprendí mi camino hacia TON SAI y su alojamiento barato y poco turístico. Eran las 11 de la mañana y a decir verdad, la marea estaba bastante alta, asique tuve que hacerme por entre unas piedras empinadas enclavadas en una jungla tupida; empresa que no hubiese sido de mayor dificultad a no ser por el pequeño detalle de que llovía y que cargaba con mis dos mochilas.
Cuando hube llegado del otro lado, me encontré que aún faltaba cruzar por una parte en donde no había selva, sólo era la roca más sobresalida y la marea que aún la mojaba por encima del metro y medio. Decidido a no perder tiempo, dejé la mochila grande de lado y con la pequeña en mi espalda, comencé a caminar por el agua. Sólo eran unos cuantos metros pero la verdad es que no conté con el leve oleaje, por lo que derepente una onda me mojó la cintura y la próxima alcanzó la parte de abajo de mi mochila (con computadora, plata y libro de viajes adentro); con la desesperación por la terrible subida, salté desde esa posición a la pared y me prendí como pude de unas salientes mientras el agua seguía bañando mis pies; hice fuerza como en la propia escalada y pude subir al pequeño balconcito. Ese lugar sí estaba fuera del alcance del agua; por lo que dejé la mochila pequeña ahi, salté al mar nuevamente desde el metro ochenta en que me encontraba y me dirijí a buscar el alojamiento. Llegué mojado, descalzo, transpirado, desprovisto de todo execpto de una maya, pero conseguí que me reserven el bungalow mientras recuperaba todas mis pertenencias dejadas en el camino.
A partir de ahi todo fue mucho más fácil y sólo se trató de disfrutar de la tranquilidad del Bungalow rodeado de selva; del subir y bajar de la marea y el cambio de paisaje en los distintos momentos del día; de conseguir compañeros que me prestaran equipo para poder escalar y de haberme podido dedicar a eso los 4 últimos días. Los días pasaron entre licuados de fruta, escaladas en rocas que alcanzaban a vistas increíbles de la península, desayunos a base de huevos revueltos y por supuesto el plato principal, fried rice with chicken.
La vida en Ton Sai es un mundo paralelo, además de los visitantes escaladores de todas partes del mundo, está  habitada por hippies y rastas locales o no, que o bien escalan, o bien decidieron quedarse en la paz de ese lugar para disfrutar de la vida a su manera. La pequeñez del lugar impide que haya otro vehículo que una sólo motocicleta cilindrada 110, que no hace más que llevar y traer mercadería para proveer a los pequeños puestos de comidas.
En Ton Sai todavia hay tiempo para deleitarse con todos los atardeceres, con el olor a mar, a palmeras meciendose lentamente, a las estrellas iluminando los cielos nocturnos, y a los sonidos de toda clase de animales, principalmente, monos.

miércoles, 31 de agosto de 2011

De vagabundo a millonario en una tarde

Mi último día en Shanghai empezó con un fuerte resfrío, un pañuelo colgando del pantalón y un tupper con avena de desayuno. La verdad es que no había tenido buenos días en esta ciudad inconmensurable y abrumadora. Tiene todo en gran cantidad y la tranquilidad o la naturaleza perdieron todo el terreno frente al acelerado avance de todo lo demás.
Asique habiendo empezado el día con el ánimo un poco bajo, me puse la mochila al hombro una vez más y me dirigí a la estación para tomarme el tren de alta velocidad a la próxima ciudad: Hangzhou, ahi, me esperaba mi amigo chino Xu Zhong que conocí en Inglaterra hace 6 años.
el tren llegó a los 350 km/h y entre pañuelo y pañuelo, fueron 40 minutos para llegar al lugar.
Bajé del vagón y la inmensidad de la estación me desorientó un poco, tenía varios pisos y todos ellos se las arreglaban para dar a la calle, era bastante extraño; sumado a la lluvia que no paraba de caer y la noche que empezaba a aparecer, la verdad es que no tenía mucha idea de para donde arrancar.
Lo primero que hice fue comprar el pasaje que necesitaba para llegar a Guilin, partiría al día siguiente a las 6 de la tarde, asique tendría un poco más de un día para compatir con mi viejo amigo.
Comprando el ticket me enteré que esa estación en la que estaba no es la que había quedado, asique busqué un teléfono y lo llamé para indicarle donde estaba. Xu Zhong estaba en otra ciudad estudiando y llegaría en unas 4 hs, sin embargo, había enviado a un amigo a buscarme, estaba esperando en la otra estación desde hacía media hora.
Por eeste pequeño desencuentro, tuve que esperar unos 50 minutos hasta que un nuevo amigo llegó y me llevó primero a comer. Luego de comer y mientras esperábamos a Xu Zhong, me invitó a tener un masaje de pies. Me dijo que era típico en China, que era relajante, y que por supuesto sería gratis para mi. Con semejante presentación, no dudé en seguirlo y cuando me di cuenta estaba sentado en un sillón reclinable, con los pies en un balde con agua caliente, mirando la tele, comiendo melón y recibiendo un masaje en la espalda como primera medida.
El siguiente paso fue elevar los pies unos 20 centímetros, y lo próximo fue una hora de un relajante masaje de pies mientras seguía comiendo melón y tomando un té para acentuar el momento relajante.
Terminado el masaje, Xu Zhong apareció en escena y luego de una pequeña conversación después de años sin vernos, sus palabras textuales: “Lets go to drink something, you will love my car”
Exactamente 5 minutos despúes, viajaba en un Porche con la ventana baja y el brazo por fuera de la ventana y hablando de la macroeconomía Chino-Argentina con el CEO de una compañía de maquinaria para la construcción(Xu Zhong).
Viajar es un poco de eso, de estar listo para cualquier cosa que pueda pasar en el próximo minuto, para adaptarse a lo que está pasando, en ese momento, no hay mañana ni pasado, hay un presente que se te sube a los hombros y hay que mantenerse a flote en todo momento. Puede ser bueno, malo, muy bueno o muy malo. Todo en un viaje es posible, como en la vida, nada está escrito definitivamente.

lunes, 8 de agosto de 2011

Mañana, Transiberiano

En el mapa se ven los lugares recorridos hasta el momento desde mi partida el 28 de junio. Mañana 09 de agosto,  estaré partiendo en el Tren Transiberiano rumbo a la Capital de la República Popular China.
Horario de partida: 21.35 hora Moscú, 14.35 hora Bs As del martes 9 de agosto
Horario de llegada: 14.05 hora Moscú del dia 15 de agosto
Países que atraviesa: Rusia, Mongolia, China
Preparativos: Mochila repleta de comida del tipo de: fideos instantáneos chinos, salchichas enlatadas, carne enlatada, jamón enlatado, aceitunas, té, leche en polvo, avena, azúcar, varias latas de atún y puré instantáneo.
Posibles contratiempos: no hay duchas
Facilidades: dispensers de agua hirviendo
Camarote de 4 personas
Conexiones: desconocida
Principal pasatiempo: escritura

Moscú, la única en su especie


Llegué a Moscú el sábado 06 de agosto. Por suerte, al bajar del avión, pude encontrar rápidamente el tren que me llevaba al centro. El viaje de 40 minutos desde el aeropuerto atravesó bosques de todo tipo, enormes ríos y de apoco se fue acercando a esta ciudad tan inmensa.
Llegué al hostel a eso de las 10.30 de la noche, casi sin haber comido en todo el día, y con mucho calor. Lo primero que hice después de la ducha, fue un plato de fideos instantáneos con una lata de atún, parte del botín que tengo preparado para el gran y largo viaje del Transiberiano.
Esa noche, fuimos con alguna gente del hostel a un bar, el grupo estaba compuesto por mi, un brasilero, un francés nacido en El Congo, una ucraniana, un ruso, un inglés y una austríaca. Nos subimos al auto del ruso pensando que ibamos sólo a algunas cuadras del hostel, eramos siete en total, y creo que todos sentimos el mismo miedo cuando el dueño del auto, que trabajaba en el hotel, empezó a manejar a una velocidad bastante considerable por las calles de Moscú. En un abrir y cerrar de ojos, estabamos en una enorme avenida y un miembro del grupo me dice así como si nada “that´s de Red Square”, en ese momento giré la cabeza y ahi la vi, mi primer contacto visual con la famosa catedral de St. Basil, así como si nada, ahí como si fuera un edificio más, y yo mirándola por primera vez, hermosa. Con respecto al tema de la forma de manejar, después descubrí que no era sólo él, todos en esta ciudad manejan como si estuvieran en una carrera por llegar a no sé exactamente donde.
Afortunadamente, llegamos sanos y salvos y resultó que el bar era un exelente lugar para pasar un buen rato tomando unas cervezas y bailando un poco.
El lunes 7 de agosto, me levanté a eso de las 8.30 de la mañana, ansioso por recorrer la ciudad, por ir a ver la Plaza Roja, la Catedral, el Kremlin, y más.
Moscú es una ciudad masiva, enorme, imperial, todo en ella parece ser proporcional al tamaño del país, sus avenidas, sus edificios, la gente, las estatuas, los puentes; todo es inconmesurable. No es un lugar con edificios altos y modernos, es una ciudad con bloques de ladrillo y cemento de cientos de metros, con pequeñas ventanas y con con muchos adornos y detalles.
Luego de caminar media hora por una peatonal, Moscú mostró su lado más impresionante. Sólo pensaba en ver la famosa Catedral, pero lo primero que se apareció frente a mi fueron unas enormes murallas rojas adornadas con torres punteagudas, ahi estaba, el Kremlin. No sólo es un sector de varias hectareas amurllado, es también hogar de 5 iglesias increíblemente adornadas, increíblemente especiales y únicas cada una en particular. El recorrido es recomendable hacerlo con un audioguía, te lleva de una a otra y cuenta de lo antiquísimo de sus muros, de cómo esas arañas de 300 kg llegaron a estar colgadas ahi, de como los muros están completamente pintados, las columnas, el techo, las cúpulas, todo, todo es un conjunto de frescos hechos hace más de 500 años, todo en su conjunto es tan difícil de describir, tan disitnto a todo lo que había alguna vez visto, tan ruso, tan como es todo en Moscú, tan a su manera, tan Made in Rusia.
Junto al Kremlin, la entrada a la Plaza Roja, y en el horizonte a unos 200 metros, la Catedral de St. Basil, esta vez la veía de día, desde el suelo, no desde un auto, con el cielo azul atrás y sólo algunas nubes como idolatrándola. Por fuera, alardea de su belleza con cúpulas de todos colores y formas, cuadriculadas, a rayas derechas y a rayas curbas, cuadriculada con puntas; amarillo, naranja, azul, blanco, rojo, y no sé cuantas formas y colores más, creo que no tienen fin. Es imponente, distinta, rara, de otro mundo, una vez más, del mundo de Rusia.
En realidad, las cúpulas que se ven pertenecen a distintas iglesias que en su conjunto, dan forma a la enorme Catedral. Por dentro es un laberinto de varios colores y una vez más, completamente adornado con frescos y pinturas de todo tipo; y cuando digo completamente adornados, me refiero a que no hay partes blancas o vacías en las paredes. Los estrechos pasillos conectan de una a otra y por momentos parece que uno viajara en el tiempo y todas las direcciones dejan de ser direcciones para ser una gran conjunto de pasadizos y senderos internos que te transportan entre cámaras, balcones, altares, cúpulas, galerías y muchísimas escaleras. Por fuera, las paredes de la catedral son de ladrillo a l vista, con algunas partes revocadas y otras partes pintadas; en conjunto con las cúpulas, parece una gran torta de cumpleaños, como de cuento, como si no fuera real.
Justo entre St. Basil y la El Kremlin, se puede visitar el mausoleo de Lenin, un lugar altamente custiodado, al que se entra dejando la cámara en una guardería y pasando por un detector de metales con guardias al final. No se puede frenar, el camino es serpenteante y siempre hacia adelante, aquél que pare a apreciar lo que hay o intente ir hacia atrás, recibirá un silvatazo de uno de los muchos guardias que están por todo el recorrido. El momento culminante es cuando se entra al mausoleo en sí, un lugar casi a oscuras, con un ataúd de vidrio en el medio, dentro de él, el cuerpo mantenido de Lenin. En esa parte el control es todavia más estricto, en la sala hay un vigilante en cada esquina, en la entrada y en la salida, y por supuesto, el paso tiene que ser constante y rápido.
Moscú demuestra en todo que es única, que debe ser visitada por cualquier amante del arte, por cualquiera que quiera ser abrumado, abosorvido y que nunca quiera olvidarla.


sábado, 6 de agosto de 2011

Ultimos días en mundo occidental


Dejamos Luxemburgo el día 1 del mes de agosto. Con el auto seguimos rumbo Brujas, haciendo paradas intermedias de una o dos horas en Bruselas y Gent. Lamentablemente, si bien cruzamos la ciudad con el auto, de  Bruselas sólo alcanzamos a ver la plaza principal, pero bastó para pensar en volver con más tiempo en algún momento. Con respecto a Gent, puedo decir que este lugar a 25 minutos de Brujas, vale tanto la pena como ella. Yo digo que vale mucho la pena ver ambas ciudades. Tienen una arquitectura tan particular, totalmente distinta a Francia, con fachadas a dos aguas como escalonadas y ríos que las atraviesan formando canales que son el condimento perfecto. Las casitas una al lado de la otra datan de los siglos XVI y XVII. Con sus balcones repletoss de flores de colores, se reflejan en los mencionados canales y dan lugar al paraíso de los fotógrafos.
El 2 de agosto llegamos finalmente a Berlín, y acá me voy a detener para contar de qué se trata esta ciudad tan particular. Berlín es un lugar en el que se respira historia, en donde los acontecimiento del pasado aún deambulan por las calles y le recuerdan a uno lo afortunado de vivir en libertad.
Con respecto a la parte histórica, hay varios puntos de la ciudad que conmemoran lo que fue el muro de Berlín. que no sólo dividió a la capital alemana en dos, sino taambién al mundo en general. En estos tres puntos, el muro aún está de pie por unos 200 metros y el sólo hecho de verlo ahí, como monumento, pero ahí de todas maneras, da la idea de lo escalofriante que debe haber sido tener una pared de tres metros en el medio mismo de la ciudad. Tener una pared que no te permita ver a la gente que querés del otro lado, que tape la mitad de todo, que muestre el cielo en dos mitades.
Berlín no es una ciudad como el resto de las europeas, no tiene viejos edificios o iglesias, cabe recordar que fue destruída en un 80 por ciento en la segunda guerra; asique todo lo que se ve hoy fue edificado principalmente en los años 60 con el milagro alemán. Teniendo esto en cuenta, se podría decir que no es linda estéticamente, sin embargo, lo que más atrae de Berlín es su espíritu. Se respira cultura, cultura clásica, cultura urbana, cultura de todo tipo. La ciudad habla, los jóvenes van y vienen en sus mundos alocados, los grafitis inundan todo, las paredes, el muro, los edificios, todo es expresión. Entramos a un edificio tomado por artistas que además de tener todos sus pisos y escalera totalmente grafiteados, tiene los ateliers de los disitintos pintores con ellos pintando ahí para poder visitarlos y comprarles obras originales o copias. En Berlín me sentí uno más, me sentí cómodo, me sentí con ganas de caminar de acá para allá, con ganas de pasar por sus cientos de bares, de antros, de ver a la gente hacer su día a día, de sentarse simplemente a tomar una cerveza. Es una ciudad mucho más barata que el resto en europa, es más como un pueblo con nombre de ciudad, lleno de espacios verdes, de lugares para sentarse y hacer picnic y de nuevo tomar una cerveza. La capital alemana es sin duda un lugar para pasar bastante tiempo.
El museo de bellas artes no fue la excepción al idioma de cultural de la ciudad, con obras de Rubens, Rembrandt, Caravaggio, Boticelli, Gioto, Raffael, el Tintoretto, Tiziano y muchos más. Y no hablo de algunas obras, hablo de muchísimas obras de todos ellos, ahí expuestas como si nada.





Y finalmente, después de tres días de la hermosa Berlín, llegué a Moscú, actual capital Rusa y punto de partida del Transiberiano que me llevará en un viaje de 6 días hata Beijing, la capital de la República Popular China.
Con mi llegada a Moscú, digo que empieza la cuarta y última gran etapa de mi viaje, el mundo de occidente y los idiomas conocidos quedan atrás, acá es otra historia, acá es otro mundo, un mundo desconocido, al menos para mi. Me cosidero afortunado de haber venido a Moscú justo después de haber visitado la capital Alemana, es una fuerma forma de andar los pasos del mundo de la post guerra y ver desde el extremo más occidental de la antigua Unión Soviética, hasta su capital, y centro de operaciones de todo lo que sucedía.
Tengo dos días para recorrerla, el 9 de agosto, parte el tren.

jueves, 4 de agosto de 2011

Luxemburgo misterioso

Llegamos a Luxemburgo un sábadp 30 de julio. Sibien pleno verano, la temperatura no superaba los 17 grados, y las nubes grises eran amas y señoras del silencioso cielo- Un clima perfecto para deambular por sus calles sigsagueantes y deleitarse con sus altos puentes adornados de arcos perfectos. Es un lugar que grita ser europeo, en el que la ciudad principal es un laberinto antiguo con casas estrechas de dos o tres pisos. Sus veredas se confunden con esas calles empedradas y casi todos los balcones tienen flores que se derriten de colores debajo de las ventanas rectangularmente angostas. Así son sus ventanas y así también son sus puertas de madera; así es todo entonando con todo y alardeando de los pequeñísimos detalles.
El centro de la ciudad goza de una tranquilidad de la que creo pocas metrópolis se dan el lujo. Luxemburgo no tiene problemas de tráfico, ni de smog, ni de basura. Cada cosa en su lugar y uno acaba por sentirse en una burbuja. Donde todo funciona, nada sale de su sitio, los árboles todavia respiran, y el río refleja las fachadas de distintos colores, haciendo de cada paso, una postal.
El interior del país no es menos bello. Pero una vez más, tan pequeño como la ciudad. A pocos minutos del centro, ya uno se encuentra esquivando campos de trigo, maíz, girasoles, y de tanto en tanto, algún grupo de vacas pastando junto a la ruta.
Desde el sur del país hasta la frontera norte, se tarda como mucho, unos 30 minutos en auto por autopista; pero recomiendo las rutas internas, que atraviesan bosques tupidos, pueblos diminutos y túneles curvilínios.
Como condimento extra de este hermoso país, se puede visitar la ruta de los viñedos, recostadas sobre las laderas de las montañas; y recorrer sus bodegas que producen exquisitos vinos.
Puede ser pequeño, pero sin duda, vale la pena dedicar parte del viaje a conocer este inolvidable y misterioso lugar.

jueves, 28 de julio de 2011

Visa de Mongolia y Versailles



Después de algunos días inolvidables, finalmente sólo restan 2 días en esta ciudad que se hace llamar Paris. La Paris de Rayuela, del cielo casi siempre gris, de la Torre Eiffel, la Paris que vive en el corazón de mucha gente.
El lunes 25 por fin obtuve mi visa de tránsito para Mongolia. Tenerla pegada al pasaporte fue como un logro, como un alivio. Para aveirguar cómo sacarla, navegué horas y horas por internet, llamé al minitserio del interior de Argentina, llamé a la embajada de Cuba en Buenos Aires, a la embajada de China, a la embajada de Mongolia en Cuba. Todos me decían una versión diferente, pero siempre eran inciertos, dudas. Yo me preguntaba cómo era posible que nadie supiese como sacar esa maldita visa. Sólo la neceito para pasar con el tren, pensaba, no es más de un día y medio, tal vez ni me la pidan. Pero el riesgo de ese tal vez, es quedar detenido en Ulan Batoor, tratando de explicar por qué no tengo visa.
El tiempo pasaba, y el pasaje de tren ya estaba comprado, ya no se podía cambiar, y debía tener la visa si o si para poder emprender el viaje. Finalmente, luego de enviar algunos mails, me pude comunicar con el ministerio de relaciones exteriores de Mongolia, le consulté cómo podía hacer para obtenerla. Me dijo algo tan simple como que podía sacarla en la embajada ubicada en París.
Así fue, el primer lunes de mi estadía, me dirijí al consulado. No parecía haber inconvenientes, sólo que el formulario de solicitud estaba en francés, y yo no sé francés. Por suerte, una vez más, Francia mostró su tremenda hospitalidad, y una buena señora que hablaba español, se ofreció a traducir lo que leía y a ayudarme a escribir. Con el formulario listo, la foto 4 x 4 y el pasaporte en la mano, pagué 60 euros y me pidieron que vuelva el 25 de julio.
Ya desde el lunes, mi pasaporte cuenta con su tercer visa, primero China, luego India, y por último, la de Mongolia.
Lo segundo más importante de la semana, fue el Palacio de Versailles; llegamos en tren y con un ticket un tanto más caro que el corriente, 3,20 euros.
El castillo se ve enorme, incomensurable, como sus parques, como la belleza del lugar que lo rodea, porque no es sólo eso, es todo, es el pueblo, son las casas, las calles, los bares, todo encierra así como una magia. Las colas para sacar la entrada y para entrar, alcanzaban aproximadamente los 150 mts; por lo que decidimos pasar directo a los jardines (para los que también hay que sacar entrada). Frente a nosotros, se desp´legó un leberinto de árboles perfectamente podados, de arbustos con forma de jarrón, de un anfiteatro, de fuentes enormes, de esculturas de mármol vigilando los pasos de los turistas, de glorietas,  de un lago rectangular y perfecto justo en el final. Caminar entre todo eso te desorienta, te hace necesitar un mapa, un preugntarse, cómo es que pueden mantener esto tan perfecto. Hay bosque, hay parque para sentarse con pasto mullido, hay botes para navegar por el lago, hay restaurant, hay árboles centenarios, hay de todo y para todos los gustos. Deja de ser un jardín y se convierte en una verdadera obra de arte sin igual. Algo iolvidable es la enorme fuente que lanza chorros de agua al compás de una grabación de una melodía clásica, al compás de los violines, violonchelos, platillos, clarinetes y muchos otros. Sinceramente, vale la pena verlo, y se repite constantemente.
La fachada del castillo es distinta a los castillos antes visitados, a los del valle del Loir; esos son medievales,tienen torres, son fortalezas, aparecen en los cuentos, en las películas de caballeros y dragones. El de Versailles habla más de un imperio, de poder, de mostrarme frente a los demás y dejar bien en claro que acá se pudo construir.
Sólo el viento sabe qué me depara en estos dos últimos días en Paris, lo importante es poder vivirlos como dos días, y no cómo el final de algo. El próximo destino, será Luxemburgo.


domingo, 24 de julio de 2011

Vida en Paris


Hoy 24 de julio, se cumplen 10 días desde que llegué a Paris. Los días van pasando uno tras otro y son como fichas de dominó, no paran, siguen y siguen y es cada vez más rápido y cada vez más impresionante.
París te atrapa, te envuelve, te habla, te abruma, te enloquece, te abruma, te tranquiliza y te transporta a un mundo simplemente bellísimo.
Todo aca es distinto, los detalles se encuentran en cada cosa, en cada rincón, en cada esquina. Navegar por sus calles es precioso, los ojos a veces no alcanzan para mirarlo todo. Mirar para un lado y es la Torre Eiffel, siempre la torre, y para otro lado es el Panteón, la Notre Dame, el museo de los Inválidos, el Louvre, la plaza de la Concorde con su hermoso o obelisco adornado con una punta dorada; el arco del Triunfo, desde donde no sólo se asoma como un Partenón entre todas las enormes avenidas parisinas, sino que también, ofrece la oportunidad de subir hasta arriba por unas estrechas escaleras de caracol y mirar Paris desde lo alto.
Mis días hasta ahora se repartieron entre distintos museos y caminatas emocionantes. Puedo contar del museo Cluny, que contiene todo lo que sea arte del medioevo, con su cereza de torta que es un grupo de 6 tapices de la Dama y el Unicornio, algo sin precente y sin explicación aparente. También puedo hablar del museo de arte decorativo, que entre sus tantas cosas, tiene piezas de arte y de decoración como estatuas, muebles y tapices desde la época medieval hasta los años 90. En París también pasa el museo Pompidou de arte contemporánea, donde se pueden encontrar obras de Picasso, Dalí, Douchamp, Pollock, Kandinsky, y muchos otros enormes nombres de la más reciente historia del arte. Se puede hablar del Louvre y su mona lisa entre miles de obras de los más grandes artistas de la historia, o se puede hablar del museo de Orsay, dedicado al impresionismo; con cuadros de Van Gohg, Gauguin, Monet, y muchos otros.
En esta ciudad, los puentes te hablan, te cuentan historias, te cuentan de estatuas doradas de ángeles, de enormes faroles y también te cuentan de millones de candados de enamorados puestos uno al lado del otro, con sus nombres en ellos y con historias que habrán desembarcado en puertos misteriosos. 
París es todo eso y puedo seguir, puedo hablar de todas las iglesias de más de 600 años que se asoman entre los tejados y sus chimeneas, con vitraux, frescos preciosos, altares indescriptebles y órganos que abruman con su tamaño y belleza. Todos los rincones encierran algo, cuando no es una iglesia, es un museo, o una galería, una plaza famosa, un parque repleto de miles de árboles milimétricamente plantados, un camino de flores, o un lugar como el museo Rodin que es un  jardin hermoso adornado nada más y nada menos con estatuas de este famoso escultor como por ejemplo, El Pensador.
Todo tiene su magia, las entradas del metro, las pequeñas callecitas que marean a cualquiera, los locos negocios de diseño independiente, las grandes avenidas. Todo es cada cosa y cada cosa es todo en esta ciudad de cientos de años de antiguedad; cuna de artistas, y dueña de cientos de bares y cafés con sus pequeñas mesas dispuestas en las estrechas veredas.
Por último, es recomendable parar en algun puesto y comprar una Crepe de Nutella y sentarse en un banco junto al Sena para disfrutarlo poco a poco. Mirar las lanchas y barcos pasar, las hojas amarillas volar de un lado a otro y sentir ese viento frío que es tan de acá, tan de verano en París.

lunes, 18 de julio de 2011

Primera parada de España - San Sebastián

San Sebastián es una ciudad pegada al océano atlántico y es prácticamente una puerta al País Vazko en España. Sinceramente, cuando iba en camino, no sabía con qué me encontraría, pero afortunadamente, este hermoso lugar deslumbró mi ser.
Como centro de todo lo que sucede, una bahía dibuja una media luna rodeada de típicas edificaciones, una rambla, y plazas de todos colores. En un extremo, se encuentra el puerto, bañado por verdes aguas atlánticas y hogar de cientos de barquitos y pequeñas lanchas o veleros. El reflejo de las coloridas embarcaciones provoca un efecto Quinquela que invita a sacar miles de fotos desde muchos ángulos. Justo detrás del amarradero de los flotantes de madera, algunos restaurants no muy caros y que ofrecen comidas típicas, parecen ser el nexo perfecto entre el calmo mar y los cerros color planta que se zambullen en el océano.
Corriendo apenas la vista del puerto, se eleva un arco que oculta una peatonal abarrotada de vascos, turistas y muchos más restaurants. Las típicas y estrechas calles que circundan el lugar, le recuerdan a uno cuan lejos está de su hogar y cuan ciertas son las imágenes que se ven en las películas.
Los principales manjares, son calamares, langostinos, paella, gambas, mejillones, y básicamente todo aquello que provenga del mar. Escondidos entre la multitud, también aparecen locales de comida que son como fondas, donde la decoración consta de platos colgados de la pared y decenas de patas de jamón crudo saludando desde lo alto.
Es aconsejable parar un minuto y sentarse en una de esas pequeñas mesas de la calle, para tomar una cerveza y disfrutar de un plato de langostinos a la plancha.
Por si fuera poco lo de por sí hermoso de todo esto, de entre los pequeños edificios y balcones, se alcanza a ver una catedral que pide por favor que le tomen fotografías. Justo al final de estas cuadras, espera al visitante una plaza rodeada por perfectos arcos y más restaurants, esta vez, un tanto más caros, pero sin duda de mejor calidad.
Alejándose un poco de la parte vieja de la ciudad, se puede caminar por otra peatonal, repleta de modernos negocios y locales de conocidas marcas de ropa. Esta última, esta resguardad al fondo por una enorme catedral estilo gótico, cuyo órgano y vitrauxs, de seguro impresionarán a cualquier apasionado del arte.
San Sebastián tiene de todo, renacimiento, modernidad, playa, ciudad, bares, restaurants, y por supuesto, como la mayoría de las ciudades costeras, mucho surf, patines y skate.

domingo, 17 de julio de 2011

Día 7 en Europa - en algun lugar de Francia

Día 5, mes 7, año 2011. Aca estoy, justo en el corazón de Francia, en una pequeña ciudad llamada Chateauraux, esperando el tren a Toulouse. Puedo decir que lo único que me mantiene al tanto de la hora y la fecha, es mi reloj; más allá de eso, me encuentro totalmente desconectado. A diferencia de lo que creía, encontrar WIFI disponible o al menos un teléfono que permita hacer llamadas internacionales, es muy difícil. Por suerte, la gente es muy amable y logro comunicarme con las pocas frases de francés que aprendí en una semana en este país.
Hace unos minutos, estuve una hora esperando el tren en un pueblito llamadoVierzon, donde aproveché para buscar algo para comer y de paso recorrer. Vi a este lugar como como un sitio que sería como Mercedes en Argentina muy chico y todo a una caminata de distancia.
El paisaje que se ve desde el tren recuerda mucho al interior de la provincia de Buenos Aires, con extensas llanuras y suelos sembrados por doquier. Mucho de lo que diviso es trigo, maíz, y ya por esta zona se empiezan a ver algunos viñedos. No tenía planeado mi parada en estos lugares, pero la falta de asientos para ir de Tours a San Sebastián, me obligó a hacer un alto en Toulouse, lugar del cual partiré mañana 06/07, a las 09:00 aproximadamente, hacia Irún, España. No se nada de Irún, sólo que queda a 20 minutos de San Sebastián, y por la ubicación, estimo será pueblo fronterizo Franco-Español.
De tanto en tanto, entre los campos sembrados, aparecen hermosos pueblos atravesados por algún río serpenteante. Las casas parecen estar haciendo pie en la orilla, y el color que reina es verde, de los cientos de frondosos árboles. Si se mira con atención, en casi todos, se divisa una pequeña iglesia mayormente de estilo gótico; y a su alrededor, un entramado de calles y edificaciones a dos aguas con chimeneas que hacen sentir que el tiempo ahi no corre; que el tiempo los abandonó hace años, y ahi quedaron incrustados como si a nadie le importara.
Por momentos, el silencio en la plataforma del tren es total y absoluto, sólo siento el viento caliente chocar contra mis mejillas y se ve alguna que otra persona uscando su tren en la cartelera. Bien dije, “viento caliente”, debo decir que la temperatura es de unos insoportables 30 grados; y el sol es el amo y señor del cielo, las nubes todavía no ozan amenazar su reinado.
La mala noticia del día , a parte de la falta de comunicacioines, fue que por primera vez, tuve que pagar la reservación de un asiento para Irún; me costó 36 euros, número que excedió mi presupuesto de casi tres días. Afortundamente, el promedio de 5 euros por noche de alojamiento en camping; cocinarme mi comida; y una dieta abundante en sandwiches, me permiten tirar la chancleta y pagar esta suma para no quedarme varado.

Día 2 en Europa, VITRE

Uno de esos lugares que sólo se ven en esas raras películas francesas; uno de esos lugares que nos muestra que el ser humano tiene años y años de historia y cultura en su haber. Vitré fue construida en la época medieval y aún se conserva inmaculadamente intacta.
Sus calles, sus esquinas, sus fachadas de cuento de hadas y sus techos a dos aguas con pequeñas tejas negras de que no sé qué material.
Es caminar por ese entramado de callejuelas y admirarse hasta con las ventanas, esas que tienen divisiones como si fueran los vitrauxs de una iglesia gótica, y están entreabiertas como dejadas así por doncellas que esperan por ver pasar a los caballeros en sus corceles.
Todavia recuerdo eso de no saber a donde ir, de mirar en 360 grados y asombrarse con absolutamente todo. Y son las fachadas, los bares, los pequeños restaurantes, el castillo en el vértice del centro histórico, ahí, elevado entre las casitas casi tocando el cielo, igual que la catedral.
Es imposible navegar por sus calles y no sentarse en un restaurant a disfrutar de un deliciso Crepe de Nutella, calentito, con el café delicadamente servido y el ticket escondido en una cajita específica para eso.
Esa es Vitré, sus calles adoquinadas, sus puentes sobre las vías del tren y sus casitas, una al lado de otra sin que ninguna salga de contexto. El Medioevo te toma de la mano y te acompaña a través del pueblo, y no te suelta, no te deja distraerte; parece gritar “¡aca estoy, mírenme!”. La historia de sus construcciones, la tranquilidad de sus calles y la gentileza de su gente conforman este inolvidable lugar a 2 hs de Paris camino a Rennes.